Dejemos las cosas claras, «el administrador no se posiciona solo recuerda lo que algunos no quieren asumir”.

se posiciona

Dejemos las cosas claras, «el administrador no se posiciona solo recuerda lo que algunos no quieren asumir”.

Esta semana me ha pasado por el despacho una de esas situaciones que, en el mundo de la administración de fincas, son un clásico. Y, sin embargo, sigue sorprendiendo.

Varios propietarios, visiblemente molestos, venían con una idea muy clara: «el administrador se posiciona«.

Traducción libre: «no dice lo que queremos oír«

 

Y aquí empieza el malentendido.

 

Porque cuando alguien dice que «te posicionas«, normalmente no está describiendo una realidad profesional. Está describiendo una frustración personal.

El origen del conflicto no es nuevo. Hay que irse tiempo atrás.

En una junta de propietarios, se aprobó de forma totalmente legal, válida y con todas las garantías, la ejecución de una obra a cargo de la comunidad.

  • No fue una sugerencia.
  • No fue un comentario informal.
  • No fue un «ya veremos».
  • Fue un acuerdo de junta.
  • Firme.
  • Válido.
  • Y ejecutable.

¿Y qué ha pasado desde entonces?

Pues algo más habitual de lo que debería, que el acuerdo existe pero no se ejecuta.

Los presidentes que han ido pasando por la comunidad, por miedo, por presión o por simple desgaste, han optado por una fórmula muy conocida, la de «lo volvemos a llevar a la siguiente junta«.

  • Y así, año tras año.
  • Se incluye el punto.
  • Se debate.
  • Se vota.
  • Y se vuelve a aprobar.
  • Pero no se ejecuta.

Un bucle perfecto.

 

Se aprueba lo mismo hasta que alguien, por cansancio o por estrategia, espera que algún día cambie el resultado.

Ahora se plantea de nuevo incluirlo en el orden del día.

 

Pero no para ejecutarlo.

Sino con la esperanza —bastante evidente— de que esta vez salga en contra, y así «cerrar el tema«.

Y ojo, conviene decir algo que también es verdad.

Es perfectamente humano que un propietario quiera revisar una decisión cuando siente que le afecta al bolsillo, a su tranquilidad o a su manera de entender lo justo. La discrepancia no convierte a nadie en irresponsable, ni la preocupación económica es un capricho.

Lo que ocurre es que una cosa es disentir y otra muy distinta pretender que las reglas cambien cada vez que el resultado no guste.

Vamos a dejar esto claro de una vez.

 

  • El administrador no se posiciona.
  • El administrador no decide qué se hace o qué no se hace.
  • El administrador no vota según intereses.
  • El administrador hace algo mucho menos cómodo, «el recordar lo que ya se ha aprobado legalmente».

 

Y aquí, a estos propietarios que me visitaron, introduje un matiz importante cuando les indiqué algo que no siempre se quiere escuchar y era que, el hecho de volver a incluir el punto, y que incluso pudiera votarse en contra en una junta, no borra automáticamente el historial previo.

Y, sobre todo, no impide que el asunto pueda volver a plantearse en una futura junta ordinaria, volver a aprobarse y, esta vez sí, ejecutarse.

Porque, en muchas comunidades, lo que existe no es una decisión cerrada, sino una decisión que se ha ido aplazando año tras año sin ejecutarse nunca.

 

Una comunidad de propietarios no funciona como una encuesta anual hasta que salga el resultado deseado.

 

Un acuerdo no es una opinión que se recicla cada ejercicio.

Un acuerdo es un acuerdo.

Y tiene consecuencias.

  • Otra cosa es que no guste.
  • Que genere miedo.
  • Que resulte incómodo ejecutarlo.

Pero el miedo no deroga los acuerdos.

La incomodidad tampoco.

Y la repetición de votaciones no convierte lo aprobado en opcional.

Porque si cada año se puede volver a votar lo mismo hasta obtener el resultado deseado, entonces no existen acuerdos.

Solo existen intentos temporales de decisión.

Y eso no es gestionar una comunidad.

Eso es aplazar problemas indefinidamente.

El papel del administrador es bastante menos emocional de lo que algunos esperan. Consiste en recordar lo aprobado, informar de su vigencia y advertir de las consecuencias.

  • Sin bandos.
  • Sin relato paralelo.
  • Sin ceder al desgaste.

Otra cosa es que esa realidad incomode.

Porque cuando la realidad no encaja con la expectativa, siempre parece que alguien «se ha puesto de parte de otro«.

Pero no.

No es un partido.

Es un expediente que lleva años diciendo lo mismo.

 

Porque al final, el administrador no se posiciona.

 

Simplemente tiene la incómoda costumbre de recordar que las actas no son literatura. ¡Son compromiso!

Y convertir un acuerdo firme en una opinión revisable cada año no es democracia vecinal. Es desgaste organizado.

Porque cuando un acuerdo se repite durante años sin ejecutarse, el problema deja de estar en lo que se decide y pasa a estar en cómo la comunidad afronta su ejecución.

No todas las comunidades gestionan igual sus propios acuerdos, ni todas consiguen darles continuidad en el tiempo. Y ahí es donde el papel del administrador adquiere su verdadero valor, aportando orden, claridad y criterio para que las decisiones no se diluyan en el desgaste.

Porque gestionar no es repetir acuerdos.

Es ayudar a que se cumplan.

¿En vuestra comunidad también vivís en el «día de la marmota» con algún acuerdo? Os leo en comentarios.

 

MABESU, tu administrador de confianza.

Claridad cuando más falta hace. 

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